Sexo solitario: Una historia cultural de la masturbación

Laqueur, Thomas W.

I

Sexo solitario
Fecha de aparición: Agosto 2007
Colección: Historia
Temas: » Historia > Enfoques históricos > Enfoques específicos

Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires

‘Sexo solitario’ es la primera historia cultural de la práctica sexual más común y extendida del mundo: la masturbación. Cuando casi todas las prácticas sexuales cuentan con defensores públicos y los actos sexuales forman parte de las primeras planas de las noticias, la más sencilla y habitual de dichas prácticas resulta vergonzosa, incómoda e incluso radical cuando es admitida abiertamente. Sin embargo, esto no siempre fue así. El sexo solitario como un tema médico y moral importante puede ser fechado con una precision poco frecuente en la historia cultural: el “vicio solitario” entra en escena alrededor de 1712. Criatura de las Luces, la masturbación en principio preocupó no tanto a los conservadores -para quienes era uno entre los numerosos pecados de la carne- sino a los progresistas, quienes aceptaban gozosos el placer sexual pero luchaban para crear una ética del autogobierno. Así, la masturbación se convirtió en un tema de interés ético tanto para hombres como para mujeres, para jóvenes y adultos.
Thomas W. Laqueur revela cómo y por qué este modesto y alguna vez oscuro medio de gratificación sexual se convirtió en el gemelo maldito de las grandes virtudes de la sociedad comercial moderna: la moral individual autónoma y privada, la creatividad y la imaginación, la abundancia y el deseo. Así, muestra cómo un problema moral se convierte en problema médico, cómo algunos de los cientificos más importantes de los siglos XVIII y XIX culparon a los placeres solitarios de producir daños físicos, mutilaciones e incluso la muerte. A principios del siglo XX, Freud y sus sucesores transformaron esta tradición al definir la masturbación como una etapa del desarrollo del hombre y, finalmente, en el ocaso de ese siglo, la masturbación se convirtió para algunos en el elemento clave en la lucha por la liberación sexual, personal y también artística.
El historiador Thomas W. Laqueur, a través del análisis minucioso de materiales tan diversos como la Biblia, textos médicos y filosoficos, diarios, autobiografías, el trabajo de artistas conceptuales, materiales feministas y pornografía, nos presenta la historia de lo que ha sido el último tabú.


» I. El comienzo

Thomas W. Laqueur

SEXO SOLITARIO

UNA HISTORIA CULTURAL DE LA MASTURBACIÓN

I. El comienzo

La masturbación moderna puede fecharse con una precisión rara en la historia de la cultura. Nació el mismo año que ese salvaje y profundamente autoconsciente ejemplar de “nuestra” naturaleza humana, Jean-Jacques Rousseau, o en una fecha muy cercana. Llegó en la misma década que las primeras novelas de Daniel Defoe y la primera crisis de mercado. (Los lectores recordarán las repetidas bromas -novedosas para la época- enel primer capítulo de Los viajes de Gulliver, que Swift comenzó en 1719: “Mr. Bates, mi amo”; “mi buen amo Bates”.)* Es una criatura del Iluminismo. La masturbación moderna es profana. No sólo consiste en algo que supuestamente convierte a quienes la practican en seres exhaustos, enfermos, locos o ciegos, sino que también es un acto con serias implicaciones éticas. Es esa parte de la vida sexual humana en la que el placerpotencialmente ilimitado encuentra su censura social donde el hábito y la promesade una “última vez” luchan contra los dictados de la conciencia y la sensatez; donde la fantasía silencia -aunque sea por un momento- el principio de realidad y donde el yo autónomo escapa del páramo erótico del aquí y ahora hacia un mundo lujurioso que él mismo ha creado, y queda suspendido entre la abyección y la satisfacción.

En algún momento entre 1708 y 1716 -“en 1712, o alrededor de esa fecha”-, el entonces anónimo autor de un breve tratado de extenso título no sólo nombró sino que realmente inventó una nueva enfermedad y un mecanismo novedoso, altamente específico, cabalmente moderno; un modo casi universal de generar culpa, vergüenza y angustia. Su título: Onania; or, The Heinous Sin of Self Pollution, and all its Frightful Consequences, in both SEXES Concidered, with Spiritual and Physical Advice to those who have already injured themselves by this abominable practice. And seasonable Admonition to the Youth of the nation of Both SEXES…[Onania; o, El atroz pecado de la autopolución y

* En inglés: Mister Bates o Master Bates, en homofonía con el verbo masturbate. [N. del T.]

sus terribles consecuencias, indagado en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que se han dañado con esta abominable práctica. Y una provechosa admonición a la juventud de la nación de ambos SEXOS…] El autor denuncia que existe “una ofensa tan frecuente y tan flagrante” que no alcanza a ser explicada por las usuales fuentes de corrupción moral: “libros enfermizos, malas compañías, historias amorosas, discursos lascivos y otras Provocaciones a la Lujuria y al Desenfreno [sic]”. Cualesquiera sean sus causas inmediatas, ese pecado tiene tan amplia difusión porque quienes lo practican ignoran que están haciendo algo incorrecto, pues lo que hacen parece libre de las habituales objeciones de la conciencia y de la comunidad, y además no parece tener consecuencias dañinas para la salud.

Por ende, la ignorancia tiene mucho que ver con esto. Merced al “desenfreno” o sólo por hallarse “apesadumbrados y solos”, o bien por indicaciones de los íntimos, los jóvenes aprenden a abusar de sí mismos sin enterarse de cuán incorrecto y peligroso es eso. El secreto motiva esa ignorancia: “Las restantes acciones sucias deben tener un testigo, ésta no necesita testigo alguno”. Promete a sus víctimas librarlas de vergüenza, culpa y restricciones derivadas de las convenciones sociales: los muchachos tímidos que son demasiado delicados como para acercarse a una muchacha pueden hallar de todas formas satisfacción para sí; las chicas pueden usarla para “combatir fuertes deseos” y rechazar encuentros desagradables sin “revelar a nadie su debilidad”. Y, por último, se supone que el acto es impune: ninguna condena a muerte, como hubiera sucedido con la sodomía; ninguna sanción criminal o social, como las suscitadas por la fornicación o el adulterio; ninguna consecuencia punitiva de ningún tipo. O eso es lo que piensan, con gran riesgo para sí, los masturbadores. No puede existir otro modo de explicar la existencia de un pecado tan terrible, endémico pero ampliamente minimizado como el de la autopolución voluntaria.

Para mayor precisión, el problema que había sido tan ampliamente ignorado, pero que habría de ocupar un gran lugar en la comprensión moderna de Occidente respecto del yo y la sexualidad, era el siguiente:

Esa Práctica antinatural por la cual personas de ambos sexos pueden corromper sus propios cuerpos sin la Asistencia de otros. Mientras se abandonan a la sucia imaginación, se esfuerzan por imitar y procurarse aquella Sensación que, según Dios dispuso, ha de acompañar al Comercio Carnal entre ambos sexos para la Continuidad de nuestra Especie.

El universo de potenciales perpetradores es más bien ilimitado: “ambos sexos”, a solas, sin ayuda externa. A diferencia de la sodomía, la polución nocturna y una multitud deotras ofensas, hombres y mujeres estaban en idénticas condiciones para cometer esa infracción, igual y moralmente propensos. Era la más democrática y la más lujuriosamente accesible de las prácticas antinaturales. Alcanzaba con que los pecadores se abandonaran a la “sucia imaginación” para lograr “imitar y procurarse” las sensaciones del orgasmo. Esa práctica artificiosa, que en otro tiempo había significado tan poco, habría de representar durante los próximos tres siglos las profundidades psíquicas de muchachos y muchachas, hombres y mujeres; del mismo modo señalaría un peligro para sus relaciones con los familiares, los amantes y, en términos más generales, con el orden social.

El autor anónimo, que, como descubriremos pronto, fue un cirujano de prestigio queescribió pornografía médica soft, inventa la brillante, casi completamente original y notablemente exitosa asociación entre el “entusiasta autoabuso” y la historia del Génesis sobre Onán, aquel que preferiría sembrar su semilla en la tierra antes que fecundar a la mujer de su hermano muerto y morir castigado por eso. Nacía el onanismo. El nuevo pecado, sugiere nuestro autor, tiene las mismas terribles consecuencias que el del Antiguo Testamento: la muerte. En este caso, no por la mano de Dios sino por la de la naturaleza, que, afectada, debilitará al pecador. En cierto sentido, Onania y todo lo que le siguió es un único y extenso esfuerzo por sustentar el planteo posterior de Freud de que es fácil cometer un crimen pero difícil borrar sus huellas; que tanto el secreto como la impunidad son ilusorios.

Situar al texto -alrededor de 1712- en la historia de la sexualidad y el autocontrol es, en cierta medida, un ejercicio de la historia de la medicina. Nuestro autor sostiene que primero pensó en ofrecer remedios religiosos. Pero mostró su obra a un piadoso médico, quien le habló acerca del problema de la gente que sufre por causa de un pecado secreto y le dijo que no había ayuda disponible para ellos. Este supuesto encuentro cambió la historia. El médico piadoso -anónimo como el autor- “me recomendó [dice el narrador, que se identifica con el autor] dos remedios de gran eficacia”. El primero cura sudoraciones y gonorreas (descargas) de todo tipo, en hombres y mujeres, que no son resultado de enfermedades venéreas -fluor albus (un flujo vaginal blanco), efusiones nocturnas, emisiones seminales en el momento de la orina o de la defecación-; el otro cura la infertilidad y la impotencia, causadas o no por enfermedades venéreas. Consultado por sus nombres, el editor Mr. Varenne -una tercera voz- aconseja: la”Tintura vigorizante” y el “Polvo prolífico”. Y hay más recomendaciones: la “Tinturavigorizante” funciona mejor junto con el “Cocimiento” y la “Inyección”, por ejemplo. La medicina parece apoderarse de la moral. El autor/narrador se distancia, enla práctica, del mercadeo terapéutico de Onania contando a sus lectores que fue el médico -no él- quien de su propio bolsillo empezó a imprimir ediciones del tratado -dos mil cada vez- y que, desde entonces, “administró los remedios con el mayor beneficio y éxito del mundo”.1

Llamativamente, ese desvergonzado esfuerzo por inventar una nueva enfermedad y al mismo tiempo ofrecer su cura a un precio exorbitante se volvió el texto fundacional de una tradición médica que se convertiría en uno de los pilares de la medicina del Iluminismo y que ayudó a crear la sexualidad moderna. Gran cantidad de conferencias, cientos de artículos, entradas en enciclopedias, tratados didácticos y varios copiosos tomos habrían de encontrar su origen en 1712. Casi doscientos años después, cuando muchos empezaron a dudar de que la masturbación causara serios daños físicos, un célebre doctor francés encontró casi cien situaciones que eran signos o consecuencias del autoabuso.2

1 En la p. 63 de la 4ª ed. y en las pp. 70 y 71 de la 17ª ed. Cito estas dos ediciones

porque la cuarta es la edición más temprana accesible en cualquier biblioteca inglesa o estadounidense: Onania; or, the heinous sin of self-pollution, and all its frightful consequences, in both sexes, considered, with spiritual and physical advice…, Londres, impreso por el autor y vendido por N. Crouch, P. Varenne y J. Isted, ¿1718? La fecha no es muy confiable. Algunos catálogos de bibliotecas dan 1725 como fecha para la cuarta edición, mientras que otras fechan a la quinta tan temprano como 1720. Analizo la historia de su publicación y las fechas de las distintas ediciones en las páginas 27-34, 216 y n. 132. Sospecho que 1718 es una conjetura bastante aproximada. Cito la 17ª edición porque es la que se hallaba enla biblioteca del distinguido doctor suizo S. A. D. Tissot, quien, a través de su obra, la incluyó en la

Encyclopédie. Onania: or, the heinous sin of self-pollution, and all its frightful consequences (in both sexes) considered…, Londres, impreso y vendido por G. Corbett, 1752. En el resto de este libro he citado los números de página de una reimpresión más fácilmente accesible tanto de Onania, 8ª ed., Londres, impresa por E. Rumball para T. Crouch, 1723, como de su Supplement, Londres, impreso por T. Crouch, realizada por Garland Press (Nueva York, Garland, 1986).

Si nos basamos sobre lo que sabemos de las tiradas, dos mil copias es una cifra bastante aproximada para el siglo XVIII. No es fácil descubrir aquí al verdadero autor. Para que quede claro, las secciones dedicadas a los peligros de la masturbación están separadas de las recomendaciones médicas, lo que sugiere una alianza entre el autor y el médico; pero el autor dice -sin mencionar a nadie más- que responderá consultas respecto de casos complicados si los pacientes pasan por algunas librerías específicas y dejan su historia y su pago allí. También habría de responder por correo con el pago de un honorario. Esto concuerda con mi opinión de que el autor de Onania es el cirujano y pornógrafo John Marten. Véase más adelante, pp. 35 y 36. 2 El lugar de la incorporación de la masturbación por parte de los médicos en la construcción de la sexualidad moderna ha sido muy famosamente identificado por Michel Foucault en TheHistory of Sexuality, trad. ing. de Robert Hurley, Nueva York, Pantheon Books, 1978 [trad. esp.: Historia de la sexualidad, México, Siglo XXI, 1977], cuyo primer volumen es el que trata más ampliamente el tema. Doctor Pouillet, Essai médico-philosophique sur les formes, les causes, les signes, les conséquences et le traitement de l’onanisme chez la femme, París, Adrien Delahaye, 1876; pese a referirse específicamente a la masturbación femenina, el libro describe varias patologías que afectan también a los hombres.

Pero la historia de la medicina sólo cuenta una parte del relato. Mucho antes y mucho después de 1712, se consideraba que el cuerpo sufría a consecuencia de las malas conductas. La medicina siempre fue algo semejante a una guía moral, una suerte de ética de la carne. Ese papel aumentó considerablemente en el siglo XVIII, cuando, al menos en los círculos progresistas, las normas morales comienzan a fundarse en

la naturaleza, y son enseñadas más en las escuelas, el mundo de los médicos y de los pedagogos, y menos a través de la autoridad divina y las prédicas de la Iglesia, la esfera de curas y pastores. En ese contexto, no es sorprendente que las angustias culturales fueran transformadas en enfermedades; por ejemplo, enfermedades de la civilización, causadas por una variedad de cosas malas: demasiado lujo; demasiada actividad mental y poco ejercicio; demasiada afición o demasiada lectura de novelas, que afecta al cuerpo o sus nervios; o enfermedades que provienen de la excesiva actividad sexual. Pero el exceso de sexo, para tomar el último ejemplo, fue reconocido como problema médico desde la Antigüedad. En consecuencia, la principal pregunta no es por qué en algún momento alrededor de 1712 la masturbación comenzó a ser considerada un problema médico o por qué alrededor de 1920 dejó de ser pensada como una enfermedad. Más inquietante es por qué el sexo solitario en especial se convirtió en un problema moral tan perturbador precisamente en la época en que el placer sexual está disfrutando de la mayor aprobación secular. El problema consiste en explicar una transformación ética de considerable magnitud y de enorme poder en la que las enfermedades masturbatorias

no fueron sino una de sus probables manifestaciones. De hecho, la masturbación siguió siendo una gravosa cuestión moral sobre la que se pensó mucho en el campo de la sexualidad humana -en realidad, un componente crítico de lo que llegó a sercomprendido como “sexualidad”- mucho después de que dejó de ser vista como una causa de real daño físico. Sigue siendo así hoy, aunque sus más virulentos opositores ya no plantean que causa ceguera, locura u otras enfermedades corporales. La pasión moral y el peligro médico crecieron juntos: este último como expresión de la primera. Pero cuando la amenaza del daño físico dejó de ser convincente, no cesó la preocupación por el sexo solitario, expresada por primera vez en 1712; muy por el contrario.

Por ejemplo, el cirujano de la reina Victoria, sir James Paget, escribió en 1879 que era mejor considerar las supuestas enfermedades resultantes del vicio solitario como una forma de “hipocondría sexual”; además, los médicos debían decir a sus pacientes -tanto adultos como adolescentes- que no era ni más ni menos dañina que “el intercambio sexual practicado con cierta frecuencia”. Pero agregaba pesadumbre a su planteo: lamentaba no tener nada peor que decir de “una práctica tan desagradable, una impureza, vil, prohibida por Dios [y] despreciada por

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