El orgasmo y Occidente

Una historia del placer desde el siglo XVI a nuestros díasel-semibuenothumbnail2

el-orgasmo-y-occidenteRobert Muchembled

Robert Muchembled analiza el placer carnal y su particular relación con la cultura occidental, articulando una historia del disfrute sexual con una indagación sobre el cuerpo y el sujeto humano, desde el tiempo del tabú casi absoluto en los siglos XVI y XVII hasta el triunfo actual del narcisismo. Considera que la represión de la sexualidad que se instaló en la civilización occidental a mediados del siglo XVI, sin ceder terreno hasta los años sesenta del siglo XX, provocó una tensión entre la libido personal y los ideales colectivos, que originó un proceso de sublimación, factor esencial en la creación de la modernidad.
Este recorrido de quinientos años comienza en el Renacimiento, cuando la tradición cristiana sólo admite el disfrute que se conquista en el dolor, la pena y la revuelta, y asimila los placeres carnales a los pecados mortales. Ya en el siglo XVII los libertinos son severamente perseguidos por negar los dogmas teológicos y exaltar el amor físico. Quienes les siguen, los transgresores del Siglo de las Luces, alumbran de manera nueva el erotismo, y la época ve crecer la ola pornográfica. Sin embargo, hacia 1800 comienza el largo período victoriano, caracterizado por una sexualidad puritana apuntalada por certidumbres científicas. La medicina del siglo XIX, dirigida a los hombres casados, certifica la frialdad natural de las esposas, justifica las visitas a las prostitutas y considera la masturbación una enfermedad. Recién en la década de 1960 se produce una ruptura revolucionaria: entra en las escenas pública y privada el orgasmo femenino y surge el sujeto homosexual que reivindica sus derechos.
El orgasmo y Occidente es una historia cultural ampliamente documentada con aportes del arte, la literatura, la sociología y otras disciplinas pues, como afirma Muchembled: “Había que cruzar las miradas para intentar respuestas nuevas a uno de los enigmas más viejos del mundo: ¿qué es el disfrute y para qué sirve?”.

Extracto:

El orgasmo y Occidente, de Robert Muchembled, revisa las demonizaciones del placer y las batallas, directas y fortuitas, que llevaron a encumbrar el hedonismo en las últimas décadas del siglo XX.

“En la vida sólo hay dos cosas importantes: una es el sexo y la otra no me acuerdo”, confesó alguna vez Woody Allen, sin rubor pero con sarcástica honestidad. Con un destilado hecho de los goces y conflictos derivados de esa fijación libidinal, el director neoyorquino edificó una cinematografía en la que la obsesión por la temática erótica alcanzó su clímax en su filme Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y no se atrevía a preguntar (1972). Sin tanta ironía, pero acaso no menos obnubilado por la trascendencia de ese arcano, el historiador francés Robert Muchembled concretó en El orgasmo y Occidente un ensayo interdisciplinario que procura dar una respuesta a lo que su autor considera “uno de los enigmas más viejos del mundo: ¿qué es el disfrute y para qué sirve?”.
En este volumen recientemente editado por Fondo de Cultura Económica, Muchembled analiza el placer carnal y su particular relación con la cultura occidental, articulando una historia del disfrute sexual con una indagación sobre el cuerpo y el sujeto humano, partiendo de su condición de tabú casi absoluto en los siglos XVI y XVII, hasta el triunfo actual del hedonismo narcisista. Una de las hipótesis que Muchembled esgrime en su estudio apunta a demostrar que la represión de la sexualidad que se instaló en la civilización occidental a mediados del siglo XVI, sin ceder terreno hasta los años sesenta del siglo XX, provocó una tensión entre la libido individual y los ideales colectivos, lo cual originó un proceso de sublimación que operó como un factor esencial en la creación de la modernidad. Para el autor, la cuestión de la sexualidad y del placer es de una gravitación tan decisiva que ha alcanzado durante siglos el carácter de tabú que nimba a los grandes mitos fundadores. Su trabajo está estructurado en cuatro segmentos: partiendo de la constitución de la noción de sujeto, atraviesa el enlace entre el placer y el dolor desplegado entre los siglos XVI y XVII, analiza el vínculo entre el vicio y la virtud bajo el Iluminismo -con el impetuoso arremeter de la pornografía-, pasando por la restrictiva pudibundez de la era Victoriana hasta arribar al boom de la liberalidad de los años sesenta en Europa y los Estados Unidos, antesala natural del hedonismo craso que caracteriza la primera década del siglo XXI.

De la prohibición

El placer no es lícito en los siglos XVI y XVII dado que el individuo, sometido a diversas tutelas, es advertido sobre el peligro de contemplarse a sí mismo. Los modelos explicativos de los siglos XVIII y XIX celebran su descubrimiento y validan el derecho al goce. Ya no sólo es más sencillo alcanzar las delicias del erotismo sin temer a la punición de las leyes humanas o las extorsiones del Infierno, sino que el fenómeno se vuelve pensable. El derrumbe de las certezas dimanadas de las grandes ideologías que signaron del siglo XX, junto con la instauración de un modelo hedonista con el éxito personal como horizonte último, han determinado, según Muchembled, que los Estados Unidos se debata actualmente en la definición de un nuevo acuerdo carnal que sostenga como baluarte la preservación de la familia heterosexual y el principio del control a rajatabla de la voluptuosidad. Europa, por su parte, ya se ha decidido por el hedonismo.
Desde la introducción de su trabajo, Muchembled difiere con Michel Foucault al plantear que “una represión muy poderosa de los apetitos carnales se ha instalado en el meollo de nuestra civilización hacia mediados del siglo XVI, sin ceder terreno sino a partir de los años sesenta del siglo XX”. En el primer volumen de su ya clásica Historia de la sexualidad, Foucault sostenía que “desde el fin del siglo XVI la puesta en discurso del sexo, lejos de sufrir un proceso de restricción, ha estado por el contrario sometida a un mecanismo de incitación creciente”. Para el autor de El orgasmo y Occidente, la sublimación de las pulsiones eróticas configura el fundamento, a partir del Renacimiento, de la originalidad del continente europeo. La represión de la lujuria constituiría el elemento clave de la invención de la modernidad occidental. Ese proceso de sublimación -que se ha ido desplegando sucesivamente ya sea al abrigo de la religión católica o protestante, del ideal de moderación y temperancia de los filósofos iluministas o de los médicos del siglo XIX y las leyes del mercado capitalista- es producto de la coerción instaurada en el siglo XVII y se ha ido desarrollando en la alternancia de períodos de frustración exacerbada que han engendrado crecientes demandas de liberación.
Si Max Weber asociaba el nacimiento y desarrollo del capitalismo a la ética calvinista, Muchembled cree que la singularidad del colectivo europeo se ancla en el esfuerzo sostenido por controlar y reorientar la concupiscencia de la carne, pero que dicho control es el producto de la interacción de un conjunto de fuerzas sociales en juego y no de la mera moral surgida del espíritu del protestantismo. Además, Muchembled estima que, por caminos conceptuales diferentes, teólogos cristianos y Sigmund Freud le han concedido un espacio reducido a los placeres derivados de la carne, y que hay que aguardar hasta el último tercio del siglo XX para que se instauren visiones más laudatorias sobre las ingentes ventajas del orgasmo y su lugar predominante en la modernidad.

Según pasan los siglos

La investigación del historiador francés se despliega en un amplio arco temporal de quinientos años y, por supuesto, no faltan ejemplificaciones: el punto de partida es el Renacimiento, cuando la tradición cristiana sólo admitía el disfrute que se conquistara a través del dolor y las penalidades, y asimilaba los placeres carnales a los pecados mortales. En este recorrido, revisita el siglo XVII cuando los libertinos son severamente perseguidos por negar la validez de los dogmas teológicos y exaltar el amor físico. Quienes les siguen, los transgresores del Siglo de las Luces, alumbran de manera nueva el erotismo, y la época ve crecer la ola pornográfica.
Sin embargo, hacia 1800 comienza el largo período victoriano caracterizado por una sexualidad puritana apuntalada por certidumbres científicas. La medicina del siglo XIX, dirigida a los hombres casados, certifica la frialdad natural de las esposas, justifica las visitas a las prostitutas y considera a la masturbación como una enfermedad. Recién en la década de 1960 -bautizada como la Era del Placer por el historiador fracés- se produce una ruptura revolucionaria: surge el sujeto homosexual que reivindica sus derechos e irrumpe en las escenas pública y privada el orgasmo femenino. Todo un avance sustancial, sobre todo si se tiene en cuenta que en el siglo XVI, la organización de las relaciones matrimoniales instauró que las mujeres fueran despojadas de su derecho al placer, incluso en los brazos de su marido. La cacería de brujas librada entre 1580 y 1680 en Europa apuntó a exorcizar el miedo a la sensualidad devoradora de las mujeres. Una de las principales acusaciones contra las sospechosas era su trato carnal con demonios íncubos, constituyendo el modelo satánico de la fémina fogosa (e insaciable) la contracara de la buena esposa cristiana, volcada a la procreación e incapaz de intuir no sólo qué es un orgasmo sino para qué sirve.
Lo cierto es que el vínculo entre el orgasmo y la cultura occidental tiene una prolongada genealogía que Muchembled se ha encargado de historiar con minuciosidad, en procura de detectar los vaivenes valorativos que, a lo largo de las distintas fases históricas, ha tenido ese espasmo gratificante que, con ínfulas poéticas, ha sido comparado con “una pequeña muerte”, por su carga de anulación del sufrimiento y de pérdida de individualidad en la fusión de los amantes.

Placeres individuales

Por otra parte, El orgasmo y Occidente muestra que el placer culposo derivado del acto de la masturbación, si bien no ha perdido hasta hoy su aura de actividad vergonzante, a partir de los mitos derribados por el trascendente Informe Kinsey -publicado en 1948 en Filadelfia por el sexólogo Alfred C. Kinsey- ya no es lo que era: en 1905, Indiana decretó que fomentar ese “vicio” constituía una infracción punible bajo el cargo de sodomía. Sin embargo, el estigma de la autosatisfacción no estará exento del ejercicio de la hipocresía institucional, practicada no por remilgados nostálgicos de las virtudes victorianas, sino por contemporáneos insignes e hijos de la modernidad: en el capítulo La era del placer (de 1960 a nuestros días), Muchembled rescata un suceso ocurrido en diciembre de 1994, cuando Jocelyn Elders, ministra de Salud del gobierno de Bill Clinton, se tomó el atrevimiento de plantear en las Naciones Unidas la necesidad de considerar que el tema de la masturbación formase parte de la enseñanza de las aulas norteamericanas. Los reflejos represivos del puritanismo no se hicieron esperar: Clinton la destituyó de inmediato, argumentando que la propuesta de Elders se apartaba de “sus propias convicciones”. Tal vez, con esa doble moral masculina que Muchembled desgrana en el apartado “El erotismo en las Luces”, el presidente norteamericano encontró que nombrar al onanismo era más inmoral que convertir el Salón Oval de la Casa Blanca en un espacio de furtivos encuentros sexuales con becarias dispuestas a recorrer de punta a punta el escalafón de la administración pública.

El rol de la psicodelia

Desde la perspectiva de Muchembled, la gran divisoria en lo relativo a cómo es valorado el placer sexual en Occidente la encarnaron los psicodélicos y explosivos años setenta, que trajeron para Europa y Estados Unidos el virus del desacartonamiento cultural y la instauración de “un momento de permisividad que podría ir seguido de un período de estrechamiento de los constreñimientos”. Para el historiador, el ariete que abrió una rendija en el silencio represor previo a esa década liberadora fue el mítico informe Kinsey.
Tal vez, sin el exhaustivo buceo interdisciplinario que realizó Muchembled -El orgasmo y Occidente es un vasto mosaico articulado con el entrecruzamiento de saberes psicoanalíticos, históricos, artísticos, literarios y sociológicos-, el lúcido novelista William S. Burroughs se acercó a una conclusión plausible sobre qué lugar ocupa el disfrute en la civilización actual, cuando deslizó su sospecha de que “quizás, todo placer no sea más que un consuelo”.

Extracto:
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